jueves, 11 de enero de 2018

La playa fluvial pública de Lugo, ni está ni se le espera

Vieja postal del Fluvial. Seguimos casi igual salvo que en la imagen
faltan los espantosos edificios que afean el acceso a Lugo. En eso sí se avanza, hay pasta de por medio.
Poco más de 50 euros por amplios reportajes en toda la prensa saliendo como una víctima del sistema no me parece un mal precio. Es el coste de la multa que la Confederación Hidrográfica impuso a Rubén Arroxo por colocar un cartel reivindicativo en las orillas del Río Miño reclamando la playa fluvial, que además el portavoz nacionalista podría facturar a la multinacional de las zapatillas deportivas norteamericanas Saucony por la publicidad que les hace en todos los medios.

Arroxo y el cartel de marras
Teniendo en cuenta además las generosas sumas que del erario público perciben los grupos municipales todos los meses, y que se cifra, en el caso del BNG, en 2.200 euros mensuales para gastos que nadie tiene claro exactamente de qué son, porque tampoco hay grupo que haya publicado sus facturas salvo Lugonovo, que lo hizo una vez y ante la demostración palpable de que le fue peor que mejor dejó de hacerlo cuando le cayeron chuzos de punta por pasarle los 32.400 euros (que ya son euros) del grupo municipal al partido político. El resto se ve que lo regalan a la caridad.

Pero a lo que íbamos, Arroxo ha comprado con esos poco más de 50 euros (90 euros menos la reducción habitual de las multas por pronto pago) un protagonismo y una imagen que no soñó tener en este asunto, ya que si bien es cierto que el BNG es de los grupos que tradicionalmente más pelearon en los medios de comunicación por la playa fluvial, tampoco es que en los bipartitos de ayuntamiento y diputación en que fue parte se viera mucho interés en el asunto. Las poltronas producen amnesia.

Espacio arbolado y acondicionado en la
envidiable playa fluvial de Outeiro de Rei
Lo de la playa fluvial de Lugo es de traca. Tanto rollo con que vivimos de espaldas al Miño y tanta iniciativa para gastarse chorrocientos millones en acciones para conectar la ciudad con el río, y resulta que una vez conectada no tenemos dónde meter el pie en el agua sin considerables riesgos para nuestra integridad física. O pagamos la cuota del Club Fluvial o nos vamos a Los Robles a hacer ejercicios de escalada libre sobre superficie resbaladiza en los poco aconsejables accesos de ese área pública al agua. Mientras tanto, en Outeiro de Rei, un ayuntamiento con una fracción del presupuesto del de Lugo, disfrutan de un magnífico espacio arbolado con multitud de mesas y bancos de piedra y accesos al mismo río Miño que en nuestra ciudad se desprecia.

Una vez más, este tema está enquistado en una ciudad indolente que da vueltas en círculos hablando de los mismos temas desde hace décadas. Lugo está paralizado, y si bien el gobierno municipal tiene una responsabilidad importante lamentablemente es algo más grave que la inacción de ocho concejales. Es una seña de identidad de la ciudad, una desidia de la que no acabamos de librarnos y que tiene sus cosas buenas, como que mantuviéramos la Muralla durante tantos siglos sobre todo porque daba pereza trasladar tanta piedra, y sus cosas malas como enrocarnos en cuatro cuestiones que, por importantes que sean, no pueden hacernos olvidar que hay más asuntos sobre la mesa.

En eso todos tenemos parte de culpa.

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