miércoles, 11 de abril de 2018

Derecho a odiar



Lo políticamente correcto hace mucho tiempo que se nos ha ido de las manos, y no me refiero solo a las tonterías del estilo de la duplicidad de los textos por la dictadura de género del “todos y todas los ciudadanos y ciudadanas afectados y afectadas serán compensados y compensadas”. Además de una estupidez, es una pérdida de tiempo estar repitiendo todo cambiando una letra para que parezca que se incluye a todo el mundo, cuando eso se ha solucionado desde siempre con el género neutro, que en castellano, mal que le pese a alguno, suele ser el masculino.

El muñeco de marras
Pero no quería hablarles de esa chorrada sino de otra que me ha sorprendido notablemente en estos últimos días. Supongo que se habrán enterado de que en un pueblo de nosedónde han quemado un muñeco de paja en las fiestas de Semana Santa, cosa que hacen desde hace tiempo. Hasta ahí nada extraño, la cuestión es que la Fiscalía ha abierto una investigación por si eso puede considerarse un delito de odio ya que el muñeco en cuestión este año estaba dedicado a Ana Julia, la asesina confesa de Gabriel, el niño de 8 años.

Parto de la base de que el odio no es un sentimiento sano… ¿pero ilegal? ¿De verdad no tenemos derecho a odiar a alguien que ha asesinado al hijo de su pareja, que ha puteado a toda España con sus lágrimas de cocodrilo y que encima se dedicó a insultar al pobre chaval mientras movía su cadáver cuando le pillaron con las manos en la masa? ¿Hasta ese punto la legislación se va a meter en nuestras conciencias? Como lucenses que somos, ¿no podemos sentir rechazo, asco o incluso odio ante la mención del asesino de la niña María del Carmen Rivas, el de Marie Claire Paredes o el violador del estilete?

¿Qué tiene que hacer alguien para que sea “legal” odiarlo? ¿No podemos hablar mal de Hitler, de Stalin, de Franco, de Fidel Castro o de los terroristas de ETA? ¿Estamos tan agilipollados que confundimos una campaña racista, xenófoba, homófoba o similar con el legítimo derecho de cada cual de odiar a quien le venga en gana porque a su juicio se lo merece?

¿Tampoco podemos odiar a genocidas y dictadores? ¿Quién decide a quién sí y a quien no podemos odiar?

La imbecilidad de que se odia a Ana Julia por ser mujer, negra e inmigrante cae por su propio peso si recordamos que no es precisamente simpatía lo que se siente por un hombre, blanco y “nacional”, el más que odiado José Bretón, condenado por el asesinato de sus dos hijos. ¿Cuál es ahí el razonamiento? ¿Le odiamos porque es bajito? ¿No tendrá algo que ver, intuyo desde mi ignorancia, que el señor asesinara y quemara a sus propios hijos? Vamos, es lo que se me ocurre.

Si yo quiero odiar a un monstruo de ese calibre es cosa mía, y la ley no puede confundirse con el Catecismo que recomienda, en boca de Jesucristo, lo de amar al enemigo. Eso está muy bien y como ideal no les digo que no sea sano, pero de ahí a meternos una multa por opinar que esa gente son monstruos y que merecen el desprecio de la sociedad hay un abismo.

La dictadura de la nueva moralidad, en que no se distingue la mala educación del delito está imponiéndose a lo loco. Condenas por un tuit, la letra de una canción o por cosas similares son síntomas de una sociedad enferma, y cuidado que esto no solo pasa en España que en Francia ha habido recientemente un par de casos similares.

Si un imbécil dice en un tuit una barbaridad lo correcto es ignorarlo, no darle más bola contestándole porque es lo que se busca en muchas ocasiones. Si una letra de una canción es grosera o soez, no la pongas. Pero meter a la gente en la trena por eso me parece un salto mortal sin red, salvo en casos muy contados de amenazas o incitación a la violencia, pero cogido con prudencia.

Insisto, nos estamos volviendo gilipollas si es que no hemos entrado ya en esa categoría hace tiempo.

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